martes, 19 de agosto de 2025

Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, 1955 (fragmento)


 "Desde el punto de vista del humanismo normativo, tenemos que llegar a un concepto diferente de la salud mental; la misma persona que se considera sana en las categorías de un mundo enajenado, desde el punto de vista humanístico, parece la más enferma, aunque no de una enfermedad individual, sino de un defecto socialmente moldeado. La salud mental, en el sentido humanista, se caracteriza por la capacidad para amar y para crear, por la liberación de los vínculos incestuosos con la familia y la naturaleza, por un sentido de identidad basado en el sentimiento del yo que uno tiene como sujeto y agente de sus potencias, por la captación de la realidad interior y exterior a nosotros, es decir, por el desarrollo de la objetividad y la razón. La finalidad de la vida es vivirla intensamente, nacer plenamente, estar plenamente despierto. Libertarse de las ideas de grandiosidad infantil, para adquirir el convencimiento de nuestras verdaderas aunque limitadas fuerzas; ser capaz de admitir la paradoja de que cada uno de nosotros es la cosa más importante del universo, y al mismo tiempo no más importante que una mosca o una hoja de hierba. Ser capaz de amar la vida y, sin embargo, aceptar la muerte sin terror; tolerar la incertidumbre acerca de las cuestiones más importantes con que nos enfrenta la vida, y no obstante tener fe en nuestras ideas y nuestros sentimientos, en cuanto son verdaderamente nuestros. Ser capaz de estar solo, y al mismo tiempo sentirse identificado con una persona amada, con todos los hermanos de este mundo, con todo lo que vive; seguir la voz de la conciencia, esa voz que nos llama, pero no caer en el odio de sí mismo cuando la voz de la conciencia no sea suficientemente fuerte para oírla y seguirla. La persona mentalmente sana es la que vive por el amor, la razón y la fe, y que respeta la vida, la suya propia y la de su semejante." 

 

El hombre en la sociedad capitalista,  Erich Fromm 

viernes, 15 de agosto de 2025

El camino a la felicidad, de Jorge Bucay

 

Puntos clave:

  •  Todos somos <<exactamente>> distintos, seres humanos intentando ser personas. 

  • La capacidad para cambiar el punto de vista es una de las herramientas más poderosas y efectivas que poseemos.
  • La muerte es el único fenómeno que no ha sido alterado (corrompido) por el ser humano. Ésta aporta más al conocimiento de la vida por su trascendencia que el amor; en su más estricto sentido, uno puede vivir sin amarse pero no sin morirse. 
Sin embargo, al contrario que en Oriente, en Occidente se la teme y estigmatiza, convirtiéndola en un tabú. No se la considera como parte de la vida, como una más de sus fases (y, argumentalmente, la más importante)  sino como algo que tiene lugar a pesar de ella. 
  • Aunque para el ser humano la ausencia de adversidades sea lo que, en términos generales, constituye la felicidad, es imprescindible que se den a lo largo de la vida pues es gracias a ellas que hemos llegado hoy a donde estamos, que somos quienes somos. Las piedras también son parte del camino. 
  • La naturaleza innata del ser humano es de un estado amoroso, de paz. La ira y la violencia aparecen cuando se frustra ese intento de ser amados. Estos sentimientos Bucay no los considera parte de nuestra naturaleza saludable, por lo tanto es necesaria su renuncia para ser/estar feliz
  • La verdadera heroicidad reside en ser quien uno es. 

Desde pequeños se nos enseña a esconder esas partes de nosotros que desentonan, que no concuerdan con el resto de personas que nos rodea, por temor a la exclusión. Paradójicamente, es en esa misma sociedad donde se nos inculca (y de manera no menos forzosa por sutil) la necesidad de competir con los demás, con no otra finalidad que aquello que se nos instaba a evitar: destacar. 

  • Leer la historia del príncipe y el mendigo del cuenco. 
El ser humano puede llegar a contentarse pero nunca a saciarse.

  • Leer la historia de Kisagotami.
Siempre se ha dicho que mal de muchos, consuelo de tontos, pero es un hecho que se reivindica ontogénicamente: cuando un mal es compartido, se hace más llevadero. (Por ejemplo, la tristeza)

  • Bucay explora las formas en que podríamos hacer frente a las desdichas de una forma más eficaz y sostiene que el hecho de sentirnos parte de un todo (Humanidad) mitiga uno de nuestros miedos más profundos y primitivos: el temor a estar solos. Éste defiende que este sentimiento de unidad debería de hacernos más receptivos a la alegría de vivir, puesto que nunca es verdaderamente solitaria esa soledad metafísica. 
Pero yo me atrevería a decir que para mí sí que lo ha sido. Solitaria, digo. Nunca me he sentido parte de esa pluralidad uniforme compuesta por lo que denomino el resto; he sido sometida a un ostracismo reiterado desde mi infancia hasta bien entrada en la edad adulta. (Aún hoy en día desconozco qué fue antes; si mi inadaptabilidad fue causa o consecuencia).  Además, también he experimentado el abandono por uno de los dos pilares fundamentales que componen el mundo de toda persona en sus orígenes: mi padre se fue cuando yo era una niña para cuidar de una niña que no era yo.

Esa síntesis entre el inagotable anhelo de pertenecer -por demasía frustrado- sumado al miedo al abandono, consumado desde tan temprana edad, dio lugar a una oscura partición de mí misma hecha de sombra, que me precedía a la vez que seguía mis pasos, que se tornó timón y ancla de mi existencia. De tan insondable vacío germinó una semilla ya podrida, que creció hasta convertirse en una hiedra venenosa de la que me alimentaba, y que se alimentaba, a su vez, de la confusión y del dolor tan profundo que albergaba en mi alma, hasta acabar extendiéndose y arraigando sus fatídicas raíces por todos los ámbitos de mi vida. En el transcurso de los años aprendí a disfrazar tal amalgama de inefables sentimientos en la más frívola indiferencia; la convirtieron en mi signo, mi marca personal. Mi realidad era otra: esa frialdad no era más que la armadura, el escudo y la espada con la que me enfrentaba y defendía de un mundo al que comprendía cada vez menos, por absurdo y cruel, y del que cada vez me alejaba más.

En definitiva, quizás el tiempo no lo cura todo pero sí que otorga una miríada esclarecedora de perspectivas: lo que hoy considero las piedras en mi camino a las que hace alusión Bucay fueron un día pesadas cadenas que amenazaron con hundirme, sin haber apenas disfrutado del mar, y de las que hube de liberarme antes de morir ahogada por un peso que no me correspondía. 


  • Encontrar el sentido a nuestra vida es la llave de la felicidad. Ese sentido debe de estar compuesto por un rumbo y una meta. No obstante, cuando el ser humano alcanza dicha meta, su vida vuelve a carecer de sentido. Bucay considera necesaria la elección de una meta inagotable.
Una existencia altruista constituiría a la vez rumbo y meta, ya que lo importante no es hacia dónde vamos, sino para qué. No es ese ir lo que nos da sentido; el sentido se encuentra yendo. Parafraseando a mi querido Machado, caminante no hay camino, se hace camino al andar. Por lo tanto, para encontrar un sentido, (para no perderlo) no podemos dejar de caminar por este sendero infinito que es la vida, y a paso no raudo pero firme, con los dos pies sobre el suelo por muy lejos que nuestros ojos atisben un horizonte donde aún no se es,
donde quizás no seremos. 



jueves, 18 de mayo de 2017

Timidez

Mi queridísima Pandora,

Vine a decirte que... pero tu oscuridad amenaza  con ahogar el resplandor que me abriga al otro lado de esta pantalla. 

Quizá otro día. 

T.




domingo, 16 de febrero de 2014

The spell is broke, the charm is flown!
Thus is it with life's fitful fever:
we madly smile when we should groan;
delirium is our best deceiver.

Each lucid interval of thought
recalls the woes of Nature's charter
and he that acts as wise men ought,
but lives, as saints have died, as martyr.

domingo, 15 de diciembre de 2013

  Estoy loca, es evidente, pero ¿y qué? Sin ser más guía que de mi errática embarcación, ofuscada por el clamor de la marea, me veo constantemente reflejada en distintas partes de la superficie del agua, sin dar alcance jamás a figura alguna. 

  A pesar de ello, desafío vuestros implacables juicios proclamándome la más lúcida de entre todos los locos, pues permaneceré diligente en la obstinación de socavar las más profundas galerías de mi locura con la poderosa luz de la conciencia y del razonamiento lícito. Este y no otro es mi propósito, y al mismo tiempo, mi fatalidad. Tocar fondo, descender a los abismos sumergidos bajo la apariencia del ser. 

  Y aun comprometida con tan excelso designio, me creo poca cosa, sí, ni en mayor ni en menor medida, como también lo creo del mundo, de todos los demás, de la ilícita historia de los pueblos; sus alucinaciones y misticismos, de los gobiernos y las religiones, de las ciencias, de la plata y del oro, de las pasiones humanas, del sistemático ajetreo de los días. Y sin embargo, veo grandeza en todo ello; es cierto, como también la veo en mi vejado corazón. Veo poesía en todas partes, y al mismo tiempo, no puedo eludir preguntarme: ¿Por qué? pues, ¿qué significa esta belleza aún en lo despreciable, tanta grandeza hasta en lo más futíl? 

  El sol se pone hoy, de nuevo, y honestamente, no traerá mañana novedad alguna. Tanta ilusión, ¿para qué, entonces? ¿A qué tantas idílicas mentiras sobre lo que realmente somos, polvo de estrellas, el cuento que cuenta un cuento; en esencia, nada? La respuesta a tan desconcertante pregunta nos conduce, por otro lado, a un mayor desconcierto: esperanza, en poder reconciliarnos con la vida, de algún modo; en otras palabras: el amor. Sufrir por amor y amar incluso al sufrimiento, en todas sus formas, pues el amor y el dolor son dos términos, que a pesar de ser opuestos (o necesariamente por ello) constituyen la tragedia de la vida, y los únicos por los que merece la pena vivirla. 

  «Fe». ¿Existe, acaso, una cualidad que defina mejor el verdadero amor? Mas, ¿por su culpa no sufrimos en ocasiones inefables tormentos? 

  Supongamos que la vida se ha de afrontar con una intensidad tan vehemente que, para ello, debemos entregarnos -sin reservas- a todas sus contradicciones, lo que supone a su vez un gran sufrimiento que ha de aceptarse sin lugar a dudas, pero no por cobardía o por pereza, sino por una despiadada e inexorable sobreexcitación. Los humanos somos seres apasionados, amantes de lo infinito: lo queremos todo, lo visible y lo incorpóreo, lo doloroso y lo placentero, la tierra y el aire, lo grandioso y lo insignificante, lo razonable y lo insensato. Queremos vivir mil vidas en un sólo hombre; multiplicarnos, desbordarnos, delirar ebrios de vida y ser conscientes del delirio, y propugnarlo, dando cuenta a los demás sobre la magnificencia de la existencia, completa de asombros, colores y melodías. 

  Es a tal empresa a la que no sólo aspiro, sino a la que me encuentro apodíctica. No es un mero capricho mi empeño de ser quien pretendo, sino la necesidad y el deseo de hacer coincidir mi voluntad -en el mayor y mejor grado posible- con mi trágico destino. 

domingo, 21 de julio de 2013


There’s no knowing where we’re rowing




or which way the river’s flowing.



Is it raining, is it snowing
Is a hurricane a-blowing




Not a speck of light is showing,
so the danger must be growing.
Are the fires of Hell a-glowing?
Is the grisly reaper mowing?




Yes, the danger must be growing
for the rowers keep on rowing,
and they’re certainly not showing
any signs that they are slowing.

lunes, 24 de junio de 2013


Click me
¿Y qué importa cuanto piense, realmente,
si cuando escribo, las palabras escapan a su antojo de mis manos
o en una aletargada disonancia con mi voz, cuando las digo?

Desde este lado son la caída en picado,
la constante decadencia de lo vivo,
y cuanto pienso,
si sale como loco de estas manos,
si de esta boca huye sin testigos,
brilla efímero... y luego perece.

sábado, 22 de junio de 2013

Etcétera

Una palabra.
Una mueca.
Un escalofrío quebrando el silencio tras los puntos suspensivos;
temblor capaz de cambiar el mundo, capaz de asolarlo y remendarlo tan sólo un segundo después.
Pero, realmente, nada es real y, esto, no es más que el requiem de un título que procura disimular su fracaso.

martes, 4 de junio de 2013

donde el calor es frío mármol

Oscuridad, mi vieja amiga, he venido a hablar contigo otra vez.

Alguien ha traspasado la esponjosa niebla del espacio. Lentamente se ha ido deslizando sobre la diafanidad de la noche, transcribiendo entre números La escritura del mundo. Hoy. Esta noche. Hace apenas un instante, aquí, en el retorno de la severidad de la naturaleza; de una forma menos literal pero más efectiva, lugar donde todo se torna esa forma de mirar tan vaga y enajenada que se deshace desaprendida, abrasando y al mismo tiempo inmóvil: coro de sus letras. Al último segundo de vida; la síntesis del propio caos. Bóveda de la espera. Alguien ha llegado, con su soledad de piano, a un mundo sordo. Un diálogo yacente, ya occiso, se calca sobre una tumba, o en algún muro.

(No sabría decir cuántas realidades o penumbras ha estado pintando como remiendos a ese algo que no existe desde entonces..),

Mientras, en diafonía permanezco silente, espectante ante las formas en las que retorna el gemido del corazón cuando flaquea entre un papel y unos dedos inmóviles, perplejos ante esta comitiva de renglones torcidos sobre airados ríos de tinta pues, imperioso es el esfuerzo que destina el cuerpo al dominio que ejerce sobre él la empresa del alma; inefable, y voraz si permanece. Y así fenece, en ese suspiro y tan de repente; como la definición de una sombra: un susurro, deformado y comprimido, aire sin destino.

Luego, se descubre tras la bruma alguien que escapa y desaparece. Sin haber estado; se aleja. Inapelablemente. Solícitamente. Y algo sigue a ese todo que no es para impregnarme de lo absurdo y terminar el día con la piel abierta -sin que alguien me espere- en esta nada.


domingo, 2 de junio de 2013

Llegó oscilando al galope de los gatos, y sobre las fachadas dejó caer la sangre de su parto; la vesanía de su acometida argumentaría cualquier catástrofe. Temblaba en su fonética acústica, y el paso adormecido aún de las nubes alejaba sus ecos hacia el horizonte, pero nunca el silencio.

Mi cuerpo perecía. Transformado en una sistemática composición de cobre, se oxidaba por su febril cesión sobre la columna vertebral del sueño, lejos del mundo y su mecánico balanceo, y cuando apenas ya dolía, comenzaron a arder, raídos, los eminentes rayos anaranjados. Ya limpios los suelos de ruído y de furia, se oyó burlarse al gallo y todos renunciaron a su ceguera.

Por eso nadie escuchó la bala.

miércoles, 22 de mayo de 2013

The man with spider eyebrows
 is standing on a corner:
"Who wants to see a show?"
 His head looks like a melon,
 he turns into an alley
 then stops to blow his nose.
 Sky is filled with neon,
 the buildings stand electric
 and almost seem to glow.
 Want answers to the question:
 my life is like an island,
 where does the ocean go?